Hay que “morir” varias veces para nunca dejar de reinventarse. Robert Downey Jr. lo tiene muy claro y lo ha hecho a la perfección. Él ha logrado resucitar una y otra vez, con la mente en alto y los pies bien puestos sobre la tierra.

Más allá de las palabras que describan apropiadamente la personalidad de este icónico actor de su generación, de aquel llamado Brat Pack (en donde participaron también Emilio Estevez y Rob Lowe), debe elogiarse el resurgimiento que ha experimentado, luego de haber caído en el abismo de la farmacodependencia, las relaciones dañinas y la depresión previa al “cuarto piso”.

UN EJEMPLO A “NO SEGUIR”
Él mismo sabe que jamás se autoseñalaría como el ejemplo o el héroe de la sociedad, lo único que destaca es que su historia es una prueba alentadora para aquellos que han caído en engordar los egos sin sentido, fomentar ideas erróneas, atacar almas frágiles y apoyar a espíritus poco combativos.

Su misión –si se le puede llamar de alguna manera– es estimular las misiones y metas de la gente, que se ha identificado con su pasado, para mantenerla lúcida y enfocada.

“Las enfermedades son como la humedad: se cuelan de modo inesperado y jamás te avisan que ya las tienes. Yo no quiero alardear de que estuve enfermo o que viví un infierno porque verdaderamente he visto a gente que ha
pasado por experiencias peores. Sin embargo, el mío
fue doloroso y circunstancial.

“Las drogas, las emociones indómitas, la ausencia de motivación, entre otras cosas, destruyen y aniquilan; gracias a Dios pude tocar fondo, casi hasta ahogarme, pero salí y volví a empezar”, cuenta Downey Jr. en entrevista.

El motivo para reunirnos con él fue para hablar de sus múltiples proyectos. Por supuesto, nos contó sobre su reciente trabajo, El juez, y el próximo a estrenarse: The Avengers, además pudimos entablar el diálogo fácilmente porque lo mismo habla de música que de la sociedad. ¡Ah, claro!, y no nos olvidemos de la secuela de Iron Man… El 2015 parece ser un año agitado para el actor; incluso se encuentra analizando algunas ideas con Team Downey, la empresa que abrió junto a su segunda y actual esposa Susan.

TEAM DOWNEY


Quien conoce a Robert, de 49 años, sabe que el antes y el después en su vida los marca determinantemente Susan. Cuando están juntos, se les nota íntimos, unidos, cómplices, complementados y seguros el uno del otro. La encantadora sonrisa de ella, coincide naturalmente con la mirada otoñal de Robert.

La también actriz y empresaria se cruza en la conversación, ¿por qué no habría de hacerlo? Si sabe que cada palabra vale la pena, sobre todo cuando se trata de hablar de su marido.
“Yo conocí a una persona, y me enamoré de su esencia, aunque al principio fue complicado porque no quería estar al cien por ciento con él. Sinceramente, y se lo dije, vi que apenas estaba reponiéndose de sus miedos, de sus enfermedades y que estaba aprendiendo a lidiar consigo mismo. Sin embargo, se portó como un caballero y me conquistó.
¡Claro! Yo le condicioné todo: tenía que estar sobrio, saludable, sano… Y no por mí, sino por él y por la familia que ambos queríamos formar. Al final, creo que él se convenció por sí mismo. Hoy en día en esencia es el Robert que conocí, pero con todos esos demonios aplacados y con un carisma que no le conocía, que siempre me hizo vibrar”, precisa Susan.

Y aquí, a título personal, uno cree que se enamora de este argumento, que realmente es una dama que busca lo mejor para su pareja y que se liberó de todo egoísmo para motivarlo a ser mejor persona. ¿Quién no quiere alguien así para el resto de sus días?

Con lentes y sin lentes, el hijo de Robert Downey sí que sabe apuntalar con la mirada y desentenderse del mundo a su alrededor. El menú no le interesa, ni el señor que canta afuera del restaurante. Tampoco le importan que dos personas se le queden viendo y le tomen fotos como a un extraterrestre (bueno, es famoso). Se desconecta y abre su personalidad en medio del barullo.

“Cometí los peores errores del mundo: la ambición y el egoísmo. Me adentré en un abismo de enfermedad y dolor que no se lo deseo a nadie, pero cuando me di cuenta y salí adelante, descubrí en mi mujer a la persona que me motivó a ser mejor cada día. Y fue muy clara desde el principio: ‘Sano o nada’ ”, recuerda dichoso.
Se moja los labios, le da un sorbo a su té de limón con miel y prueba una galleta, algo así como su debilidad, confiesa. Las de mantequilla de cacahuate y las de chispas de chocolate lo convierten en un demente: “Me fascinan, podría destruir planetas por una o dos”.

En los últimos cinco años, el resurgimiento del protagonista de Zodiaco y Sherlock Holmes (por cierto, ya en camino también la secuela), ha posicionado su nombre como uno de los más amigables en la impredecible industria cinematográfica de Hollywood. Los estudios de diferentes firmas lo señalan como un hombre que le cae bien tanto a los de su mismo sexo, como a las mujeres… Y suponemos que a este género le provoca otro tipo de simpatía.

El dos veces nominado al Óscar, y que forma
parte de los cinco mejores pagados, según Forbes (entre el 2012 y el 2013), admite que como figura paterna busca ser mejor con sus dos hijos pequeños, Exton Elias,
de dos, y Avri, nacida en noviembre pasado. En definitiva, quiere una vida diferente para estos dos pequeñines que la que le ofreción a Indio, el primogénito que procreó con su ex, Deborah Falconer.

SIN TEMOR A EQUIVOCARSE
Quiere inculcarles valores a los nenes y acompañarlos en todo momento; a diferencia de como lo hizo con el hermano mayor, a quien descuidó por no protegerse a sí mismo, y durante su adolescencia cayó en las drogas y hace unos meses fue detenido en Estados Unidos.

“Quien sea el padre perfecto, que se presente conmigo porque quiero todos los consejos del mundo. Cuando me convertí en papá, me llené de muchos temores y complejos. Los medios me atacaban todo el tiempo y se dedicaron a fiscalizar mi vida como si fuera una guía para los desaciertos. Me sentí muy bombardeado porque no sabía cómo reaccionar, ni cómo manejar todo ese asunto. La vida se me fue de las manos y comencé a experimentar deseos y anhelos ajenos.
“No he sido el padre ejemplar, pero procuro darle a mi hijo mayor todo mi cariño y mi apoyo porque sé lo importante que es acompañar a un ser querido en este oscuro camino por el que yo viajé. Con los niños pequeños, lo que quiero es que vean arquetipos buenos, y no se vayan por una vida equivocada. No es mucho pedir, creo”, expresa.

Vaya que se conmueve, los ojos le tiemblan y las manos le sudan, cuando habla de este tema. Son experiencias de las que ha salido avante, pero jamás dejarán de ser ilustrativamente dolorosas para los demás. Ha sido políticamente incorrecto y le han creado un personaje en la vorágine de la fama.
Antes de llegar a los 40, confirma, se sintió sin brújula y desconectado de su trabajo y de la vida.
A unos meses de cumplir 50, replica, reorganizó el “cablerío” en su cerebro, para enchufarse apropiadamente con el mundo exterior y sentar cabeza en todos los sentidos.

Amigo entrañable de Sean Penn, Mel Gibson y Josh Brolin, el actor, productor y empresario acepta que al poner su vida en perspectiva, no es como la quisiera haber llevado
desde el principio o como se la imaginó de pequeño. Un poco de mala de suerte y luego la redención, lo han hecho madurar de una manera apacible.

“Lo mejor que aprendí, lo que más me llegó, fue que la vida no debe ser tan seria ni tan melodramática. Las cosas como son: claras y directas. La vida es una y hay que vivirla responsablemente, sin ataduras. Ya lo hice, ya aprendí… Ahora a lo que sigue. Hoy en día puedo presumir que soy una persona muy entregada a sus objetivos, que estoy lleno de expectativas, que a menos de medio año de convertirme en un hombre de medio siglo de vida, tengo más anhelos y pasiones que, quizá, cuando tenía 25.

“Y detesto que me digan viejo, porque viejo ¡ni de la mente! Mi actitud es más fresca y lozana que la de muchos”. Nunca, Robert pierde la oportunidad de bromear o de hacer chistes, como lo hace con lo bella que se ve su mujer en época de amamantar, y se regodea de ser el dueño de esa sexy figura masculina (machistas, cálmense; feministas, no se confundan). Siempre tiene palabras elegantes para hablar de lo que ha sido su desarrollo histriónico: difícil, pero extraordinariamente enriquecido por grandes talentos.

De aquel jovencito que desde niño probó la marihuana por ideas de su padre, y del desenfrenado joven que vivía el lema de “sexo, drogas y rock & roll” hasta el límite, queda solo el recuerdo. Hoy emerge de sus cenizas como un padre de familia, un buen hijo que escucha y un hombre maduro, que se entiende bien con la sociedad.

“Me motiva bastante el día a día, el saber que hay un par de personitas que dependen de mí y que yo seré el centro de atención de su vida por un tiempo, hasta que crezcan y se hagan adultos. Me motiva tener una mujer fuerte, de carácter y compleja de emociones, porque nunca acabo de conocerla. Me motiva seguir adelante para ser mejor actor, para entenderme a mí mismo como un intérprete de vidas, y no un robavidas. Hago yoga, preparo té, juego basquetbol con mis amigos, medito. Me motiva ver todos estos puntos relacionados con mi vida y llevarlos a cabo… Soy un hombre que ha muerto varias veces, y que resucitó en vida, con distintas concepciones. Soy un hombre más”.

La gabardina que traía se la vuelve a poner, le dan el paraguas que carga por la abrupta lluvia que sorprendió en Toronto, y toma del brazo a su mujer antes de despedirse. Fuera de su asiento, se dispone a abandonar el lugar en donde había sido el encuentro. Pero lo mejor de Robert vino después: apretón de manos, un abrazo firme y en voz baja diciéndome: “Que tengas un buen camino por la vida”. Y ese ha sido el mejor consejo que me han dado hasta ahora.

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